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 Leanthas Deth'ar [Quel'Dorei] - [Guerrero]

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Hamlet




Mensajes : 16
Fecha de inscripción : 25/04/2010

Leanthas Deth'ar [Quel'Dorei] - [Guerrero] Empty
MensajeTema: Leanthas Deth'ar [Quel'Dorei] - [Guerrero]   Leanthas Deth'ar [Quel'Dorei] - [Guerrero] I_icon_minitimeJue Abr 29, 2010 1:46 am

Nombre: Leanthas Deth’ar
Raza: Sin’Dorei
Genero: Varón
Edad: 106
Clase: Guerrero
Afiliación: Sin’Dorei
Alineamiento: Neutral bueno
Ocupación: Mercenario Nómade
Parientes: Kalindra Gloresse (Madre) Ithillan Deth’ar (Padre)
Maestros: Kalindra Gloresse (Madre) Ithillan Deth’ar (Padre)

Descripción física:

Leanthas es un elfo bastante corpulento pero no tanto como alguien que dedica su vida a ejercitar y agrandar los músculos, ya que este es alguien que entreno sus músculos para resistencia y fuerza, no para tamaño. Tiene el cabello medianamente largo, de color rubio, tez muy blanca. Todavía tiene algunas cicatrices en el cuerpo de la batalla contra el azote. Tiene piernas apenas mas largas que las de un elfo común y corriente de su estatura, no es mucho más alto que un elfo común. Su cuerpo esta moldeado con sus músculos de forma armoniosa. Sus ojos son verdes y su cuerpo lleva algunos dibujos similares a runas, con si.

Descripción mental:

Es un elfo de poco habla con la gente y menos con desconocidos, solo lo justo y necesario, solamente si ve que merece la pena. Le gusta ayudar a los demás, pero siempre lleva un leve aire de superioridad con si. Es de prejuzgar a las personas en su mente y los etiqueta, pero aunque los etiquete si ve que necesita ayuda simplemente lo ayuda. De cierto modo trata de amoldarse a las leyes no le es muy fácil ya que suele ir a su manera, a pesar de pertenecer a los Sin’Dorei, él no está muy interesado en ellos, sino en él y todo lo que él vea que tiene importancia en su vida, lo demás no le importa mucho. Tiene un entrenamiento muy desarrollado en el combate por lo tanto en cuanto vea un combate la gran mayoría de las veces se interpondrá, sin importarle lo que piensen los demás, es alguien muy serio.



Historia


Una tormentosa noche, acompañada de un individuo en una habitación sumergida en miles de recuerdos y locuras que lo envuelven através de una bella y a la vez melancólica melodía de un violín expresando mil y un sentimientos.


* * *


Todo comenzó hace ciento quince años, cuando el soldado Ithillan Deth’ar hacía su guardia por los bellos bosques de Quel’Thalas, la gente típica de cada día, los sonidos típicos de cada día, todo era normal, nada estaba fuera de su lugar ni parecía haber muchos problemas, solamente los típicos que tiene un pueblo común y corriente. Sin más el guardia se detuvo en la plaza del pueblo y miro hacia ambos lados, cerciorándose nuevamente de que todo este en orden, a pesar de que sabía que nada pasaría, debía hacerlo, era su trabajo. Su mirada se detuvo y quedo clavada en una joven, esta parecía estar dando un simple paseo por el pueblo, el soldado la siguió con la mirada hasta que ella simplemente se perdió entre los árboles y personas. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, algo extraño, pero que a la vez le gustaba, el soldado había quedado cautivado por la belleza de la joven muchacha. Fue así que él, decidió regresar todos los días a esa plaza, esperando volver a encontrarla.

Todos los días, él estaba ahí parado, vigilando y esperando a que aparezca. Un día como muchos otros, ella apareció a lo lejos, llevaba una canasta con si, los azulados ojos del guardia no podían parar de seguir a la joven, quería acercarse, pero no sabía como, solo necesitaba una excusa para ello y hoy sería su día. La joven en la distracción y en una pequeña torpeza tropezó y con una roca que había en el camino, calló directo al suelo, la canasta que adentro llevaba algunas telas, agujas y de mas se esparcieron por el suelo. Fue entonces cuando Ithillan logro avivarse y se acerco hasta ella, para ayudarla a levantarse y recoger las cosas, tal vez no era la excusa perfecta para el acercamiento, pero era una oportunidad. Ayudó a la elfa a levantarse y a recoger las telas y agujas. Claro él aprovecho la situación para entablar una pequeña conversación, a partir de allí el volvería al pueblo todos los días en busca de la joven Kalindra Gloresse, esperando a que se le presente otra oportunidad. Con el tiempo una amistad y algo más se forjaría a partir de ese insignificante suceso.

Así pasaron ocho años hasta que Ithillan recibió la noticia de que iba a tener un hijo, si, un hijo de Kalindra. La relación ya tenía un tiempo pero él aun no lo creía, fue entonces cuando él prometió cuidar de su futura familia, pase lo que pase. Así es como nació Leotheras, hijo de Ithillan y de Kalindra, el niño fue una bendición del sol para sus padres, toda la vida criaron de él con todo el cariño y amor que podían darle.


Los años pasaron y el niño crecía fuerte y sano, cada día que pasaba era una bendición para ellos, el niño tenía gran interés en el arte del violín y fue así como Kalindra desde pequeño le fue enseñando como tocarlo. El siempre puso empeño en ello y aunque le costaba demasiado él siempre estaba ahí para aprender más y más. Así pasaron casi veinte años de su vida, hasta que su ideología empezó a cambiar, aunque el interés por el arte aun era grande, ahora quería ser como su padre, un noble defensor del pueblo, un soldado, simplemente el mejor de todos. A Kalindra nunca le gusto la idea de que Leanthas tenga interés por ser un guardia, ella quería que él sea un artista de las magias arcanas, pero no todo podía ser. La decisión no fue fácil de aceptar para ella, pero terminó cediendo, pues ella no podía evitar decirle que si a su hijo.

El joven elfo practicaba a escondidas, mientras sus padres no estaban, se ejercitaba y de mas, hasta que un día fue sorprendido por su padre, Ithillan, quien al ver la imagen de su hijo con una espada en la mano lo reprendió, aunque le hacía sentir orgullo de su propia sangre, él no iba a permitir que su propio hijo corriera el riesgo de ir a una guerra. De todos modos, Leanthas siguió entrenando día y noche, mientras sus padres no lo veían, aunque Ithillan sabía que él lo hacia no siempre lo reprendía, pues veía que no hacía gran efecto en su hijo, él siempre seguía entrenando mas y mas duro.

Un día, entre tantos otros, Ithillan vio a su hijo entrenar una vez mas, su cuerpo ya tenía una forma, sus músculos estaban bien desarrollados, su brazo firme y su respiración prolija y bien centrada, como la aguja de un reloj. No pudo evitar rendirse y acercarse a él, tomo una espada y al grito de: “¡Muéstrame que tienes hijo! ¡En guardia!” entabló un combate básico, claramente Ithillan podía destrozarlo con gran facilidad, ya que él era un soldado experimentado. A Leanthas, al principio, le costaba demasiado pensar que su padre había aceptado que el entrenaba para ser un futuro soldado, pero luego de un tiempo logró hacerse a la idea. Fue así como todos los días, luego de la vuelta del trabajo del padre, entrenaban juntos, mas bien, Ithillan entrenaba a su hijo.

Los años pasaron y Leanthas nunca paraba practicar el arte de las armas, ni tampoco el del violín.

A los sesenta y dos años, se alisto en el ejercito, donde fue sometido a largas pruebas, para las cuales el ya estaba preparado, debido al entrenamiento diario y las técnicas que su padre le había enseñado. Desde combates de práctica, hasta exámenes físicos. El tiempo pasó y los entrenamientos cada vez eran más y más duros. El estaba preparado, siempre lo estaba, entrenaba para estarlo y no lo dejaría de hacer hasta lograr ser un gran soldado, uno de los mejores. Luego de unos cuantos meses de prueba, nuestro actual héroe logró entrar al ejército de Silvermoon, donde todos los días eran sometidos a largas prácticas y explicaciones. Velocidades, pesos, contrapesos, armas, etc. El padre, Ithillan, pensaba que su hijo solo aspiraba a ser un guardia, uno mas entre la multitud, pero cuando se enteró de que en cierto modo su hijo tenía una gran hambre de gloria por ser el mejor se puso mas estricto en cuanto entrenamientos, tal vez no lo lograría y era lo mas probable, pero intentarlo no costaba nada, además mantener el estado físico de su hijo no estaba mal visto por él. Leanthas era bueno, pues tenía una gran base de entrenamiento, pero no era suficiente y no tenía ninguna experiencia en una guerra lo cual hacía que solamente sea un buen soldado de practica, pero no de experiencia.


Así fue como el joven Leanthas empezó a separarse de la familia, su gran empeño por ser el mejor en todo lo que hacía fue cambiando su personalidad con el pasar de los años, y aunque al principio todo era normal, el entrenamiento cada vez era mas severo, él mismo se ponía mas estricto en cuanto a sus entrenamientos, a tal punto de ser algo enfermizo.

Su vida social solo era en los entrenamientos grupales o era en la mesa, al horario de la comida, con Ithillan y Kalindra, aunque no siempre podía estar presente. A sus padres no les agradó nunca la idea de que su hijo sea tan aislado, pero tenían que aceptarlo, un gran soldado debía esforzarse al máximo, y eso hacia, día a día, sin descanso.


Cinco años mas tarde, los Quel’Dorei, hicieron un pacto con los humanos y los enanos, una alianza, llamada “La alianza de Lordaeron”. No era muy seguido tener contacto con los humanos, rara vez uno se adentraba en Quel’Thalas, pero ahora eran mas vistos que como de costumbre… aunque no eran demasiados los que venían, algunos a veces eran vistos por los bosques. Nunca fueron del agrado de la mayoría de los Quel’Dorei.

Un año mas tarde, se libra una batalla, y las bestias verdes avanzaban por el sur, en dirección a Lordaeron, pero no se detendrían hasta acabar con los elfos, eran aliados de los humanos y no merecían vivir, o al menos así lo veían estos verdes humanoides. Todos los Quel’dorei salieron a combatir y a defender a su gente, entre ellos, Leanthas, los paladines al frente, comandando las tropas, los soldados batiéndose en combate contra los fieros orcos. La batalla era dura y las tropas elficas nunca se rendían, pero los orcos y los trolls eran demasiados, los nobles elfos, solo esperaban la llegada de sus aliados, los humanos, vinieran en su rescate, eran demasiados…La batalla duró mucho tiempo, pero la llegada de los humanos fue de gran ayuda, las tropas elficas, junto a las humanas hicieron retroceder a los orcos y a los trolls fuera del territorio elfico.

La guerra, o como la llamaban los humanos “La Segunda Guerra” había terminado. Los humanos habían destrozado gran parte de los bosques Quel’Dorei, o así lo creían los elfos, la quema de árboles fue enorme, algo que ellos nunca perdonarían, la Alianza de Lordaeron se había debilitado, o al menos la alianza con los elfos ya no sería la misma.


Luego de esa batalla, Leanthas empezó a combatir con poca armadura, o mas bien con armaduras livianas, estas le molestaban mucho para movilizarse de forma veloz, como a el le gustaba combatir. Los altos cargos en la orden lo reprochaban por estos actos, la armadura que tenían que usar no podía ser cambiada por otra, eran muy estrictos con eso, entonces Leotheras, como siempre, se tomo esto muy enserio y acepto entrenar con las pesadas e incomodas armaduras, pero a la hora de llegar a su casa empezó a entrenar sus piernas y su físico con mas ahínco que antes. Realmente esto ya parecía una enfermedad.

Seguían pasando los años y su entrenamiento era eterno, realmente tenía una gran fuerza de voluntad, y muchas ganas de destacar entre los demás, ya sea en fuerza y agilidad, como en destreza y voluntad. Aunque no destacaba por naturaleza, sino por todo el empeño que ponía en su aprendizaje y ejercitación. Aunque nunca faltaba el sentimiento de superioridad hacia los demás, crecía su fuerza de voluntad, pero también crecía su vanidad.

Realmente no era alguien con malas intenciones pero no podía evitar pensar que era superior, simplemente lo hacía, sin pensarlo dos veces… poco a poco se fue ganando la distancia de los de más, hasta que su pequeño circulo social, termino por disminuirse a su padre y madre. Aunque a él no le molestaba, a sus padres ya no les parecía una bendición, como lo parecía antes, sino una locura.

El tiempo pasó, y los cuernos de guerra sonaron… una vez más…

En la primera puerta Sylvannas y sus Forestales

En la segunda puerta la fuerza armada y los seguidores de la luz.

En la ciudad estaban los Rompe Hechizos, soldados, arqueros, magos, etc.

Leanthas y su padre se impacientaban, sus espadas estaban firmes, esperando lo que sea, en cualquier momento, no podían distraerse, justo enfrente de ellos había un enorme portón, del otro lado de este se escuchaba como la mismísima muerte avanzaba hacia ellos, la batalla decisiva estaba a punto de comenzar para nuestro héroe. Leotheras giro la mirada hacia su padre y sonrío, confiado de si mismo, su padre solamente le deseo suerte.


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En el campamento, un Soldado creído, contando su relato.

“¡De repente la puerta se destruyo! ¡Boom! ¡Las tropas enemigas estaban sobre nosotros, y lo único que podíamos hacer era tomar nuestras espadas y acabar con ellos! Claro… parecía muy simple decirlo, pero en cuanto me confíe estaba rodeado de enemigos, ¡Ja! Pero yo era mejor, y los mate a todos como si nada, note como unos humanos encapuchados levantaban a los no-muertos, fue entonces cuando Lerioth, Mereth y yo decidimos avanzar. ¡Un orden que no creerías! Un ataque, un muerto, llegamos hasta las filas traseras, y muchas de nuestros aliados nos seguían, me confíe demasiado, la batalla parecía acabarse y ya estábamos cantando victoria. Sabía que los humanos venderían su magia barata al enemigo, pero los destrozamos…”

Respuesta de Leotheras

“Mm... *Suspiro* (Habláis como si esto ya se acabase)”

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Nuestro joven héroe estaba confiado de si mismo, pero no pasaron más de cuarenta minutos cuando los no-muertos volvieron a atacar, esta vez por sorpresa, mientras los soldados se preparaban para defenderse. Ellos aun tenían la victoria en la boca, y confiados de si mismos esta vez, salieron perdiendo el combate, retrocedieron hasta la segunda puerta donde la gran mayoría de los soldados cayeron.

Estaban entre la espada y la pared, la batalla ya llevaba varias horas y parecía nunca acabar, por cada compañero que caía dos enemigos se levantaban, era terrible como las fuerzas elficas caían como moscas frente a las enormes cantidades de enemigos. Para la suerte de los pocos soldados que resistían a pocos metros de la ultima puerta, llegaron los paladines y con ellos una esperanza, ellos habían dado la vuelta hasta avanzar y quedar en la retaguardia del enemigo, fue así como la caballería se abalanzó sobre la pestilente plaga. Ahora las aberrantes criaturas caían una a una, con velocidad, la victoria estaba cantada. Aunque esta sería la última vez que los elfos vencerían frente a la plaga.

Las tierras elficas estaban devastadas y las esperanzas cada vez disminuían, poco a poco. Hasta el mejor guerrero estaba en un estado deprimente, muchos ya se estaban dando por vencidos.


Leanthas aun seguía con vida, se había separado de su padre hace ya unas cuantas horas, en el medio del combate, las probabilidades de que esté vivo eran muy pocas pero aun así el seguía guardando esperanzas. El decidió escaparse, como muchos otros soldados, ya estaban viendo la derrota, ya la prioridad no era combatir y defender, la prioridad era sobrevivir, sea como sea. Muchos soldados y personas retrocedieron hasta la isla Sunstrider donde podrían sobrevivir, o al menos guardaban esa esperanza.

Al poco tiempo de llegar a la isla, todos pudieron notar como la gloriosa Silvermoon caía en pedazos, una gran explosión cubrió toda Silvermoon, destrozando todo lo que había a su paso. Muchos ya sabían lo que era y aun así no podían, ni querían creerlo, vencidos en cada una de las puertas, sus grandes defensas no eran más que simples obstáculos para la plaga, y no habían saciado su hambre de destrucción con todas las defensas, sino que ahora habían destruido la Fuente del Sol. Realmente era una pesadilla para cada uno de los elfos…


Pasaron los días y la batalla continuaba, aunque la plaga ya se había retirado de las zonas elficas, aun quedaban no-muertos, por todos lados, la batalla principal había acabado, pero ahora tocaba limpiar las distintas zonas del bosque, empezando por la destruida capital, Silvermoon.

Leanthas había sobrevivido a la batalla, pero esa huida la vida no se la cobraría barata. El día a día pasó y algunos de sus hermanos Quel’Dorei morían o se transformaban en monstruosidades inimaginables, lo único que se podía hacer era acabar con su sufrimiento.

La sed de mana consumía al su gente lenta y dolorosamente. Así fue como el Gran Magistrado Romath en el intento de mejorar el modo de vida de su gente enseñó a los magos el método de extracción arcana, quienes luego enseñaron a otros elfos.

Aunque obligados a extraer magia arcana corrupta y meditar decidieron resurgir de su cenizas y volver a reconstruir su forma de vida, similar a la anterior, ahora llamados Sin’Dorei, en honor a los caídos en batalla.

Leanthas se resistía constantemente a extraer magia arcana, debido a que toda esta estaba corrupta, por lo que saciaba su sed con brebajes y piedras de mana, las cuales le permitían seguir adelante, por unos días mas. Su gente empezó a corromperse o así al menos lo veía él, muchos se marchaban y con el tiempo el sería uno mas.

Las caravanas marchaban en dirección al sur, las tierras de la alianza. En una de ellas iba el joven guerrero, colaborando, con su acero ante los bandidos que se presentaban para saquear a quienes se marchaban de sus tierras. Un frio silencio y una penetrante mirada, era todo lo que le distinguía de todos los demas guerreros, siempre sereno y preparado, con un leve aire de superioridad en su postura, siempre observando a los demás desde arriba.

El día a día era complicado y mientras mas se aproximaban a su destino, Stormwind, mas peligros enfrentaban, desde simples bandidos, a brutales orcos y bestiales dragones, de los cuales generalmente escapaban, ya que matar un dragón en dichas condiciones no era algo accesible.

Tardaron eternas semanas en llegar, pero nunca se rindieron, o al menos algunos no lo permitirían. Siendo Leanthas uno de ellos, aunque silencioso y frío, su persistencia y valor no tenían igual, cada soldado destacaba en algún punto, ese era el suyo, y nadie se lo arrebataría ni aunque así lo quisiese.

Luego de largas semanas de viaje, habían llegado, exhaustos y muy esperanzados cruzaron la imponente entrada a Stormwind, estatuas de grandes guerreros y poderosos magos. El sol resplandecía sobre ellos una vez mas… pero no para el joven Quel’Dorei, quien mas que observar los muros, se dedico a observar las ofensivas miradas de los humanos, el desprecio fue el primer trato que obtuvo de un humano. Algo que nunca podría olvidar.

Decidido a ser un poderoso caballero, siguió su enfermizo entrenamiento, en tierras humanas, mayoritariamente en el bosque, el día a día volvía a ser tedioso a la vista, aunque no para él, su meta era ser el mejor, y no pararía hasta lograrlo.


* * *

[color=brown]La bella y melancólica melodía finaliza lentamente, hasta que el sonido termina de desaparecer por completo.

Desde afuera solo se ve su sombra, detrás de la cortina que tapa la ventana pero al terminar su melodía esta mira un momento por la ventana, pareciese buscar algo, o tal vez alguien, pero al no encontrarlo decide marcharse.
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